Qué malvada es mi memoria. Caprichosa, inquieta, inútil, memoria. Podría contar una historia mil veces al no recordar que lo hice antes o incluso, sé que he contado esto o lo otro pero no recuerdo qué pobre infortunado tuvo que aguantar mis retahílas. Y a lo mejor, le toque hacerlo de nuevo. Tengo que releer párrafos de libros porque, así preste mucha atención a lo que leí, es como si no lo hubiese hecho con la llegada de los siguientes. Se me olvidan instrucciones simples, como el número que me acabaron de dar o el nombre de alguien que justo mencionaron. Olvido como funcionan las puertas que he usado por 10 años, olvido cómo se ven los colores si me toca imaginarlos.

Antes no era así. Antes mi memoria recordaba hechos con cuanto detalle como fuese innecesario. Gente, sitios, cosas, colores, el letrero torcido en la esquina, el tipo que se cayó al minuto 45. Aunque solo sucedía con las cosas irrelevantes de la vida, porque las tablas de multiplicar, las capitales del mundo o los elementos químicos no eran tan amigos de esta mente cuyo requisito para recordar era la inutilidad del ser. Y si era vergonzoso y triste, aún más.

Me es costernante la desaparición gradual de tal ineficaz talento. Porque es que hay cosas que no deberían olvidarse si son importantes para avanzar. Ya me siento como anciana que se habituó a su alzheimer, mientras espera que todo a su alrededor también se habitúe. Pero no, no puede ser, si me faltan marras para llegar a ese hipotético futuro. Pero como curiosidad no me falta y lo tengo todo para que las respuestas sean certeras, he concluido varias cosas y me inclino más hacia lo siguiente: he creado un mecanismo de defensa que desecha sin filtro todo aquello que mi mente considera negativo.

Y suceden cosas bonitas, como que ahora perdone más fácil. Bonito cómo me es físicamente imposible recordar porqués que de la nada las malas cosas se esfumaron y yo, con una sonrisa de niña ingenua recibo a mis victimarios. Bonito cómo me vale todo un comino a veces y dejo que las circunstancias se me deslicen y no sean ni un mal recuerdo pues porque se me olvidaron.

Y suceden cosas no tan bonitas como que reincida en errores que pude haber prevenido. Existimos personas que no tropezamos con la misma piedra dos veces por estúpidos sino por olvidadizos. No es tan bonito tampoco olvidar aprendizajes logrados con tal arduo sacrilegio del mal rato, ni tampoco no poder enfrentar problemas, solucionarlos o mandarlos al carajo si no hay otra alternativa.

Qué mecanismo de defensa más perezoso.
Qué inútil, inútil memoria.

Hemingway se me apareció entonces en forma de literatura. "Escribe fuerte y claro sobre lo que duele". Porque escribir es también un mecanismo de defensa. Escribo para no olvidar. Hago listas de quehaceres, listas de procesos y de pasos. Profeso amor escrito. Lo hago como intentando que los demás no olviden que los quiero, porque así funciona mi mente.

Entonces me doy cuenta que trato de evitar escribir sobre lo que me duele. Mi memoria apoya mi cobardía y mis ganas de escribir se enfocan en cosas más impersonales. Lo evito porque quiero y el olvido es la consecuencia. Ni siquiera puedo intentar hacerlo como ejercicio porque se siente como si cayeran gotitas de limón en eso que ya ha transgredido la piel de los sentidos pero que intenta sanar y no lo logra.

Lo evito. Trato de incinerarlo en mi mente y de sentirme mejor porque al menos, hice el intento de traerlo a colación. No estoy bien, amigos y amigas, pero lo estaré. Es mi propósito porque, afortunadamente, estos sucesos serán memorias que mi mente no alojará por mucho. Porque si duelen es porque tienen permiso, que será revocado en cuanto las circunstancias cambien.

Algún día seguiré tu consejo, amigo Hemingway, lo prometo. Hoy no fue el día.

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